Orígenes de la Heráldica

Aun cuando el ser humano ha hecho uso desde tiempos pretéritos de los emblemas y símbolos, pues ya desde la antigüedad nos encontramos con una gran variedad de elementos distintivos entre los pueblos (piénsese en la Roma imperial, en el Egipto de los Faraones, etc.), el origen de la heráldica como tal puede situarse sobre finales del siglo XI y principios del s. XII. Momento en el que colores y símbolos comienzan a ser utilizados por los caballeros para diferenciarse entre sí en el campo de batalla, en las justas y torneos. Dicho en otras palabras, la heráldica nace cuando esos emblemas comienzan a ser usados con carácter habitual y permanente como propios, con carácter exclusivo y excluyente, para diferenciarse de los demás.

Atendida la indumentaria que en la época era llevada habitualmente para guerrear (armadura, celada, etc.) y que hacía irreconocible al caballero, al ocultarle la práctica totalidad de su cuerpo, resultaba necesario buscar un método de identificación y distinción entre los contendientes, que fuera revelador, preciso y rápido a una cierta distancia. De ahí surge la fórmula de exhibir unos y otros tinturas, emblemas, etc., que los diferenciase de forma inequívoca y singular en el campo de batalla. De esta suerte, se busca situar y poner de relieve ese elemento diferenciador en los escudos (el de mayores proporciones dentro de las armas de la época, y por tanto la mejor y más indicada para exponerlos de manera notoria y efectiva) y también en las gualdrapas de las caballerías y estandartes.


Con el tiempo, al abundar los escudos, y ante la posibilidad de colisión y confusión de estos distintivos, se hizo preciso la regulación de los mismos. Los encargados de velar por tal menester eran los Heraldos: cortesanos encargados de trasmitir mensajes, organizar torneos y encargados también de llevar el registro de la nobleza. Más tarde se les pasó a llamar también "Reyes de Armas". De éstos toma nombre, por consiguiente, el arte y ciencia de la heráldica.

La ciencia-arte de la heráldica tiene una evolución en el tiempo. Así mientras en un primer momento se utiliza exclusivamente a los fines antes mencionados, posteriormente se convierte en la "marca" representativa de un linaje, teniendo carácter hereditario (pasa por línea de varón al primogénito, estando permitido a los otros descendientes usar del escudo de forma solamente referencial; p.e. a través de la bordura.

Toma con ello tal importancia, que sobre los siglos XIV y XV comienzan a aparecer los primeros tratados y textos sobre la heráldica, que establecen reglas o leyes de cómo debe estar diseñado un escudo de armas y cómo ha de describirse. Y sobre todo, se cuida de la privacidad del escudo.

Posteriormente se asiste a una época de decadencia, caracterizada porque la heráldica se mercantiliza, perdiendo su espíritu real y originario. Esta época se puede situar entre los siglos XVI a XIX, y ha sido definida por muchos autores como aquélla en que la heráldica pasa primordialmente a servir como denotadora de alianzas familiares.

Se llega así a nuestra época actual, en la que se trata de recuperar el espíritu primigenio de la heráldica o, cuando menos, el espíritu de "tarjeta de visita" indicadora del linaje, que tuvo en el siglo XIII.

A partir de todo lo antedicho, resulta fácil de comprender que la simbología heráldica, en sus principios, buscase las formas y colores que fuesen notorios; o sea, que permitiesen -como ya se ha dicho- saber quién era cada cual a una determinada distancia, más bien amplia, sin necesidad de acercarse en exceso. Por ello, es de discrepar la tendencia de algunos tratadistas que buscan dar significado o contenido a todos los emblemas (piezas, muebles, etc.) y esmaltes heráldicos. Es cierto que en algunos supuestos existe un origen y un significado; pero en la mayoría de los casos la forma y diseño eran resultado del capricho de su autor; y así cuando en un escudo de armas se encuentra la figura de un jabalí o una azada, por ejemplo, se debe más a la voluntad de quien lo creó que a un motivo concreto que diera lugar a su concesión u otorgamiento. No faltan casos -como se acaba de decir- en que se incluyen en el escudo motivos o elementos que traen causa de la concesión real o en memoria de sucesos notorios.

Esa búsqueda de la diferenciación también llevaba, inicialmente, a la creación de escudos simples; pero sobre todo reveladores. Es más tarde cuando el escudo se va complicando, hasta el punto de llegar a convertirlo en un auténtico mosaico, particularmente en la época que anteriormente denominamos de decadencia o mercantilización, ya que el diseño heráldico se ve recargado al buscarse no tanto la singularidad de su titular como el adorno y el ornato. De esta forma el escudo de armas pasa a ser un elemento decorativo en los palacios y las casas, en lugar de ser aquel elemento identificador y diferenciador de los campos de batalla y de los torneos. Ello provoca el desmesurado aumento de campos dentro del escudo, comienza a darse la influencia heráldica de otros países, se olvidan las reglas rectoras de la heráldica española y la mencionada mercantilización de esta ciencia, da lugar a que se comience a buscar significado a los esmaltes, aun cuando -como ya se ha dicho- ello no es exactamente cierto. Es también en esta época cuando los adornos exteriores del escudo (celadas, cimeras, lambrequines, etc.) alcanzan su máxima expresión e incluso vanidad.

 

El diseño heráldico

Conviene hacer mención a las reglas básicas de la heráldica y que rigen el diseño heráldico. Estas reglas son:

    La primera regla o ley heráldica, es la referente a que jamás debe ponerse en los escudos metal sobre metal ni color sobre color. Las armas que infringen esta norma son consideradas falsas.

    No faltan, sin embargo, excepciones. Cuando esto sucede se denomina a estos escudos o armerías de "enquerre", ya que da como resultado una apariencia triste, sin la luminosidad y esplendor que se obtiene de contraponer color y metal o viceversa. Incluso se acuña el término "cosido" para describir estos supuestos en los que un metal se superpone a otro, lo que principalmente se da en el jefe y en la bordura, sin que por ello no existan otros casos.

    También ha de advertirse que esta regla no resulta infringida cuando la superposición de los esmaltes viene originada por la existencia de un mueble con su color natural, ni si éste aparece en partes de ese mueble (v.gr. en las garras, picos, etc. de los animales o en coronas u otros adornos), incluso tampoco puede considerarse contravenida esta norma en los supuestos de las brisuras, en las que se tinta metal sobre metal o color sobre color.

    La segunda regla es la que se refiere a que las figuras han de ocupar siempre su lugar. Indica esta regla que las figuras o muebles no pueden ser colocadas aleatoriamente en cualquier parte del campo del escudo. Debe en todo caso buscarse y respetar la armonía y equilibrio en la composición.

    La tercera regla es la que establece que los muebles (figuras animales, vegetales, artificiales o quiméricas) han de buscar la denominada plenitud, ocupando el centro del campo y sin que en ningún caso toquen los extremos de éste. Exceptúanse de esta regla las figuras salientes, retiradas, movientes, etc.

    La cuarta regla es la relativa a los supuestos en que se mencionan figuras en número de tres. En estos casos, sin necesidad de especificación, su ubicación es de dos en jefe y una en punta. Supone lo que en terminología heráldica se denomina bien ordenadas o mal ordenadas. Lo correcto es lo primero, y si nada se dice, es lo que prima.